El sonido del monitor cardíaco se había convertido en mi nueva melodía.
Pip… pip… pip…
Cada pitido era un recordatorio de que Lorenzo seguía vivo, y eso bastaba para que no me desmoronara.
Habían pasado quince días desde el accidente, y aunque seguía débil, ya abría los ojos por lapsos cortos. A veces decía mi nombre, a veces simplemente me miraba, como si intentara recordar quién era. Los médicos decían que era normal, que el cerebro necesitaba tiempo. Pero yo sabía que no era solo eso; algo m