Habían pasado ya dos meses desde el accidente de Lorenzo. Dos meses desde aquella noche que jamás logré borrar de mi mente. A veces, cuando cierro los ojos, todavía puedo ver su mano ensangrentada, su reloj roto y mi propio grito atravesando el silencio de la madrugada.
Ahora todo parecía más tranquilo. Lorenzo estaba recuperándose poco a poco, caminaba con algo de torpeza, pero con la misma arrogancia elegante de siempre. Yo, por mi parte, ya casi llegaba a los seis meses de embarazo; mi vient