La carrera no se detuvo de inmediato. Nadie dijo “paren”, nadie lo sugirió siquiera. Fue el cuerpo el que siguió avanzando por inercia, empujado por la adrenalina, por el eco de los disparos, por la sensación constante de que, si bajaban el ritmo aunque fuera un segundo, todo lo que venía detrás los alcanzaría. El ruido no desapareció del todo, pero se volvió más lejano, más difuso, como una tormenta que se aleja sin dejar de ser amenaza. Y cuando finalmente ese sonido dejó de estar pegado a la