El silencio que quedó después del caos fue mucho peor que los disparos.
Porque los disparos, al menos, daban una dirección al miedo. Había movimiento, adrenalina, decisiones rápidas. Todo el cuerpo entendía que debía sobrevivir. Pero aquello… aquello era distinto. Un vacío espeso, incómodo, cargado de una tensión tan pesada que parecía aplastar el aire dentro del refugio.
Ya nadie estaba atacando.
Nadie gritaba.
Nadie intentaba derribar las entradas.
Y aun así, nadie se sentía a salvo.
De hecho