Las personas seguían avanzando.
Lentos y constantes.
Como si decenas de cuerpos estuvieran obedeciendo a una sola voluntad invisible.
Desde la ventana rota del refugio, Karev observaba cómo cruzaban la calle sin correr, sin hablar y sin siquiera mirarse entre ellos. Lo más perturbador no era la cantidad. Era la normalidad. Una mujer con ropa de oficina caminaba entre ellos con el bolso todavía colgado del hombro. Un hombre mayor avanzaba apoyándose apenas en un bastón. Un joven llevaba los auri