El amanecer trajo consigo un aire enrarecido. En el penthouse, la calma que Julia y Sebastián habían encontrado la noche anterior parecía un espejismo que se desvanecía con la primera llamada de teléfono. Sebastián atendió de inmediato, su expresión transformándose en la de siempre: fría, calculadora, el hombre de negocios implacable.
Julia lo observaba desde el sofá, con la manta aún sobre los hombros. Reconocía ese rostro, esa rigidez en sus gestos: era la máscara del poder. Y aunque lo había