VALERIA
Abro los ojos de golpe. El corazón me late tan fuerte que siento que va a estallarme en el pecho. La respiración es entrecortada, agitada, como si hubiera estado corriendo sin parar. El sudor me empapa la frente. Las manos me tiemblan.
—¡No! —grito, y mi voz retumba en la habitación blanca—. ¡Damián, no!
—¡Valeria! —escucho la voz de mi padre, y siento sus manos en mis hombros, sujetándome con una firmeza que me devuelve a la realidad—. ¡Estás despierta! ¡Estás a salvo!
Parpadeo. La luz