VALERIA
La sala de partos es blanca, fría, llena de máquinas y monitores que parpadean con luces verdes y rojas. Estoy en la cama, con las piernas levantadas, con los dedos agarrados a las sábanas blancas que ya están arrugadas por la fuerza de mis manos. El sudor me empapa la frente. El cabello se me pega en la nuca. El dolor es como una ola que sube y sube, que no me deja respirar, que no me deja pensar.
—Duele —digo, y el dolor me retuerce el rostro. Mis ojos se cierran. Mis dientes se aprie