VALERIATomo una toalla y empiezo a secarme el cabello con movimientos lentos, mientras observo las prendas colgadas en el pequeño perchero del lavadero. Camisas blancas de Damián, impecables, almidonadas. Poleras deportivas de Samuel, coloridas, juveniles. Mi mirada se detiene en una de algodón grueso, azul marino, con olor a él, a Damián, a ese aroma salino y oscuro que llevo horas respirando.—¿Qué puedo ponerme? —murmuro, más para mí que para él.—Puedes ponerte una de mis poleras —ofrece Samuel, y hay una esperanza tímida en su voz, una ilusión de intimidad compartida—. Tengo una gris, super suave, te va a quedar larga y cómoda. Y huele a mí, a mi detergente, a…—Podría —lo interrumpo, y mis dedos acarician la tela de la camisa azul marino—. Pero me gustan más estas.Se la muestro. La camisa de Damián. La sostengo contra mi pecho, y el gesto, aparentemente inocente, es una declaración. Una traición. Un secreto que Samuel no puede descifrar.—¿En serio te pondrás eso? —pregunta, y
Leer más