SAMUEL
El avión toca tierra con un golpe seco que me sacude los huesos. Afuera, el sol del sur golpea con fuerza distinta, más húmeda, más densa. La ciudad se extiende más allá de la pista, con sus montañas verdes al fondo y ese olor a caña de azúcar que nunca se va del todo. Desciendo los escalones con la mochila al hombro y una sensación extraña, que no logro descifrar.
—¡Bienvenidos! —una voz potente nos recibe antes de que lleguemos a la terminal.
Un hombre de unos cincuenta años, bien vest