75. Eclipse.
El mundo se había reducido a una serie de sensaciones discordantes y a una voz que no reconocía como suya. Eryn —la conciencia despojada, el espectro de sí mismo— observaba desde un rincón ahogado de su propia mente. Veía la boca que había sido suya moverse, articulando palabras lastimeras y venenosas dirigidas a Evdenor. Las escuchaba, y le daban náuseas. Era como oír un eco perverso de sus propios sollozos, distorsionado por una amargura que no le pertenecía.
Pero no sé equivocaba, lo que sa