La niña se aferraba a Eryndor como si se tratara de alguien querido, mientras que los dos hombres en la habitación quedaron anonadados por las acciones de la menor.
Eryn, quien aún tenía el cuerpo de la niña pegado al suyo en un abrazo, la separó con delicadeza y la observó desconcertado.
—¿Nos conocemos? —preguntó tontamente.
La niña se separó un poco y lo miró con los ojos brillando de emoción, pero no habló. Solo repitió el nombre de Eryn una y otra vez, como si fuera la única palabra que co