34. Mi sanador.

El mundo de Kael no se había disuelto en la niebla como para los demás. Para él, la transición fue diferente. El canto lo envolvió, sí, pero en lugar de arrastrarlo a un sueño plácido o a una sumisión grotesca, se estrelló contra el muro de hierro de su orgullo. Escuchó la melodía, sintió su tirón seductor, pero su mente, siempre tan lógica y despectiva, la rechazó como un virus. No era inmune, pero su desdén era un anticuerpo poderoso.

Sin embargo, sea lo que sea que estuviera en esa laguna no
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