Clara no durmió esa noche.
No porque no pudiera cerrar los ojos, sino porque cada vez que lo hacía, veía lo mismo: la mirada de Marcus, la culpa escrita en su cara, y la sensación insoportable de haber sido la última en enterarse.
A la mañana siguiente, la hípica olía a tierra húmeda y a rutina. Los caballos seguían allí, ajenos a todo, como si nada se hubiese roto. Pero Clara sí. Y Marcus también, aunque intentara disimularlo.
Él llegó temprano. Demasiado.
La encontró en el picadero, limpiando