Sareth abrió los ojos lentamente, y la primera sensación que la golpeó no fue la confusión, sino un frío penetrante que se colaba por su piel. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, y entonces lo vio: un espacio amplio, casi celestial en su arquitectura, pero con un aire que helaba la sangre. Las paredes eran de un blanco perlado, resplandeciente, pero la luz parecía viva, como si observase cada movimiento, cada respiración.
Columnas altas se alzaban a ambos lados, rematadas por figuras ang