El silencio en la sala se quebró con un sonido suave, como el roce de alas arrastrando aire. La luz cambió de tono; el dorado se volvió más intenso, casi líquido, y las sombras parecieron apartarse para abrirle paso.
Castiel apareció caminando entre las columnas, con la calma de quien no teme nada. No hizo falta anunciarlo; su sola presencia bastaba para llenar el espacio. Su andar era sereno, preciso, cada paso un recordatorio de que ese lugar le pertenecía.
Sareth lo observó en silencio. Sus