Sareth caminaba sola entre los árboles, disfrutando de un raro momento de calma. El bosque estaba demasiado silencioso, inquietantemente silencioso. La brisa nocturna agitaba las ramas, pero debajo de ese murmullo había algo más, algo que le erizaba la piel. No era un animal cualquiera, no era un lobo curioso. Era una presencia conocida, peligrosa.
—Sal ya, ángel —dijo con voz cargada de hostilidad—. No tienes por qué esconderte.
Durante un segundo no hubo respuesta. Luego, una figura emergió d