El abrazo con Aren parecía interminable. Sareth había olvidado por completo el cansancio, las heridas y la tensión que arrastraba desde que había caído al río. Encontrarse con él, sentir esa calidez familiar, la hacía sonreír como hacía mucho no lo hacía. Aren olía a bosque, a manada, a hogar. Su risa grave resonaba en su oído, fuerte y sincera, como si esa simple vibración pudiera borrar todo el dolor de los últimos días.
Pero ese momento de reencuentro no pasó desapercibido.
Un crujido en la