La Sacudida.
La noche había caído sobre el edificio del Consejo como una sábana espesa, sin estrellas, sin luna. Las torres que lo rodeaban se alzaban como dientes negros contra el cielo, y el viento que corría entre los ventanales parecía susurrar cosas que nadie quería escuchar.
Dentro, los pasillos estaban casi vacíos. Las luces funcionaban a medias: algunas parpadeaban, otras se encendían con un zumbido que raspaba los oídos.
El sistema eléctrico llevaba días comportándose de forma errática desde la fug