Mundo ficciónIniciar sesiónSamantha no recordaba cómo había salido de la casa de sus padres.
Solo recordaba el aire frío de la noche golpeando su rostro y el sonido de sus tacones contra la acera mientras caminaba sin rumbo por la calle iluminada. Su mente estaba llena de pensamientos que se chocaban entre sí. Adoptada. La palabra no dejaba de repetirse en su cabeza. Veinticinco años. Veinticinco años viviendo una vida entera… sin saber algo tan importante. Sacó su teléfono del bolso y buscó el contacto que sabía que siempre respondía. Britney. No tuvo que esperar mucho. —¿Sam? —contestó la voz al otro lado—. ¿Todo bien? Samantha intentó hablar, pero las palabras salieron atropelladas. —Necesito verte. Hubo un segundo de silencio. —¿Qué pasó? —Estoy frente a tu edificio. —¿Qué? —Britney sonó sorprendida. ¡Sube! Diez minutos después, Samantha estaba sentada en el enorme sofá blanco del apartamento de su amiga, sosteniendo una taza de té que Britney le había puesto en las manos. No lo estaba tomando. Solo necesitaba sostener algo. Britney estaba frente a ella, con las piernas cruzadas y una expresión de total incredulidad. —Ok —dijo finalmente. Necesito asegurarme de que entendí todo. Señaló con los dedos mientras enumeraba. —Uno: un abogado llegó a la casa de tus padres. —Sí. —Dos: te dijo que una mujer llamada Lydia Bennett murió. —Sí. —Tres: esa mujer te dejó un rancho en Texas. —Sí. Britney levantó una ceja. —Y cuatro: resulta que esa mujer… es tu madre biológica. Samantha asintió lentamente. Britney dejó caer la cabeza hacia atrás en el sofá. —Wow. Ese simple “wow” parecía contener demasiadas emociones. —Eso es… —dijo buscando la palabra correcta— eso es material de serie dramática. Samantha soltó una pequeña risa cansada. —No es gracioso. —No estoy diciendo que lo sea —respondió Britney. Solo digo que… es mucho. Samantha apoyó los codos sobre las rodillas. —No entiendo por qué no me lo dijeron antes. —Tal vez pensaron que era lo mejor. —¿Ocultarme de quién soy? Britney hizo una pequeña mueca. —Bueno… dicho así suena horrible. Samantha suspiró. —Lo peor es que ni siquiera sé quién era ella. —Lydia. —Sí. La palabra todavía le resultaba extraña. —Mi madre biológica. Britney se inclinó hacia adelante. —¿Y qué dijo el abogado del rancho? —Que está en un pueblo llamado Redwood Creek, en Texas. —Suena como un lugar donde probablemente todos usan botas. —Definitivamente. Britney frunció el ceño pensativa. —Entonces… Samantha la miró. —Entonces, ¿qué? Britney señaló hacia ella. —Entonces tienes un rancho. —No quiero un rancho. —Pero lo tienes. —Nunca he montado un caballo en mi vida. —Eso se aprende. —Britney. —¿Qué? Samantha suspiró. —Esto no es una aventura. Britney la observó unos segundos. Luego dijo algo que Samantha no esperaba. —¿No quieres saber por qué? Samantha guardó silencio. —¿Por qué te dio en adopción? —Continuó Britney. ¿Por qué te dejó el rancho? ¿Por qué nunca te buscó? Cada pregunta golpeaba directo. —Claro que quiero saber —respondió Samantha. —Entonces hay una forma muy simple de averiguarlo. Samantha ya sabía lo que iba a decir. —No. —Sí. —No voy a ir a Texas. Britney cruzó los brazos. —Sam. —Tengo una vida aquí. —Sam. —Tengo trabajo, amigos, Daniel… Britney levantó una ceja. —¿Tu novio perfecto? —Sí. —El que no te emociona tanto como debería. Samantha frunció el ceño. —Eso no es justo. —Solo digo lo que tú misma dijiste hace dos semanas después de la fiesta de los Montgomery. Samantha se quedó en silencio. Britney suspiró y habló con más suavidad. —Mira… no digo que te mudes allá. —Bien. —Solo digo que vayamos. Samantha levantó la mirada. —¿Vayamos? Britney sonrió. —Claro. No te voy a mandar sola a un rancho lleno de vaqueros misteriosos. —Eso no ayuda. —Además —continuó Britney. Piensa en la historia. —¿Qué historia? —Dos chicas de Nueva York viajando a Texas para descubrir un secreto familiar. Samantha negó con la cabeza. —Suena como el inicio de una comedia horrible. Britney sonrió más. —O de una gran aventura. Samantha miró su taza de té. Texas. Polvo. Caballos. Botas. Nada de eso encajaba con su vida. Pero algo dentro de ella seguía repitiendo la misma pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué Lydia Bennett la había dado en adopción? ¿Por qué le dejó ese rancho? ¿Por qué ahora? Samantha levantó lentamente la mirada. —Solo unos días. Britney se inclinó hacia adelante, emocionada. —¿Eso significa…? —Vamos a Texas. Britney dio un pequeño grito. —¡Sabía que dirías que sí! Samantha negó con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa se le formó en el rostro. —No te emociones demasiado. —Demasiado tarde. Britney ya estaba sacando su teléfono. —Necesitamos vuelos, ropa adecuada y, probablemente, sombreros… —No voy a usar sombrero. —Ya veremos. Samantha se recostó en el sofá mirando el techo. Texas. Nunca imaginó que ese lugar podría tener alguna conexión con su vida. Pero ahora parecía que todas las respuestas estaban ahí. Esperándola. Y aunque todavía no lo sabía… también la esperaba algo más. Alguien más. Alguien que estaba a punto de cambiar su vida, tanto como aquella revelación, lo había hecho. Un hombre llamado Henry Hayes.






