Mundo de ficçãoIniciar sessãoSamantha nunca había estado tan consciente de sus zapatos como en ese
momento. Tacones negros de diseñador. Elegantes. Perfectos para Manhattan. Completamente inútiles para caminar sobre tierra roja y polvo. —Estoy segura de que esto es una broma —murmuró Britney mirando por la ventana del pequeño aeropuerto. Samantha soltó un suspiro. —No es una broma. —No, no… me refiero a que, claramente, alguien está grabando un reality show sobre dos chicas de Nueva York perdidas en Texas. Samantha negó con la cabeza mientras caminaban hacia la salida. —No estamos perdidas. —Todavía. El calor las golpeó apenas cruzaron las puertas del aeropuerto. No era el calor elegante de una tarde de verano en Manhattan. Era un calor seco y pesado que parecía envolver todo el lugar. Britney se quitó los lentes de sol para mirar alrededor. —Ok… esto definitivamente no es Nueva York. El pequeño aeropuerto de Redwood Creek tenía solo un par de puertas de embarque, una cafetería diminuta y un estacionamiento donde varias camionetas enormes descansaban bajo el sol. Nada de taxis amarillos. Nada de tráfico. Nada de rascacielos. Samantha ajustó la correa de su bolso. —Solo estaremos aquí unos días. —Eso espero —respondió Britney— porque si una vaca intenta perseguirme, me voy a subir al primer avión de regreso. Samantha soltó una pequeña risa. —Las vacas no persiguen gente. —Eso suena exactamente como algo que diría alguien que nunca ha estado cerca de una vaca. Caminaron hacia la zona de renta de autos. La mujer detrás del mostrador las miró con una curiosidad evidente. Era imposible no notar que no eran de ahí. —¿En qué puedo ayudarlas? —preguntó con una sonrisa amable. —Tenemos una reservación —dijo Samantha. Después de unos minutos, las dos salieron al estacionamiento con las llaves de una camioneta plateada. Britney la observó con desconfianza. —Eso es enorme. —Es solo una camioneta. —Sam… esto tiene el tamaño de un apartamento en Manhattan. Samantha respiró hondo. —Podemos hacerlo. —Nunca has manejado algo así. —Tampoco tú. —Exacto. Samantha abrió la puerta del conductor. —Entonces aprenderemos. Treinta segundos después… —¡Cuidado! —gritó Britney. —¡No hice nada! —¡Casi atropellas ese cono! —¡El cono se atravesó! Un hombre que caminaba por el estacionamiento levantó una ceja mientras las veía discutir dentro del vehículo. Finalmente, la camioneta salió del aeropuerto… un poco torpe, pero avanzando. El camino hacia Redwood Creek era largo y rodeado de campos interminables. Samantha miraba por la ventana. El paisaje era completamente distinto de todo lo que conocía. Cielo abierto. Campos Verdes. Vallas de madera. Caballos a lo lejos. Britney también observaba, pero con otra expresión. —Ok… esto es bonito. Samantha sonrió ligeramente. —Un poco. —Pero sigo prefiriendo edificios con aire acondicionado. Después de casi cuarenta minutos de carretera, un pequeño letrero apareció al lado del camino. Bienvenidos a Redwood Creek, Texas Debajo del nombre había un dibujo de un caballo. —Ahí está —dijo Britney. El lugar donde claramente empezará nuestra aventura absurda. El pueblo era pequeño. Calles tranquilas. Casas bajas. Un bar con música country que se escuchaba incluso desde afuera. Una tienda general. Un restaurante con un enorme cartel que decía “La mejor carne del condado”. —Esto es… adorable —dijo Britney. Samantha estacionó la camioneta frente a una pequeña tienda para revisar el mapa que el abogado les había dado. —Silver Willow Ranch está a unos kilómetros fuera del pueblo. Britney miró la calle. Varias personas caminaban tranquilamente. Algunas llevaban sombreros. Otras botas. Un par de hombres, sentados frente a la tienda, las observaban con curiosidad. —Nos están mirando —susurró Britney. —Es normal. —No, Sam… nos están mirando como si fuéramos extraterrestres. —Quizá lo somos un poco. Britney suspiró. —Ok… vámonos al rancho antes de que alguien intente preguntarnos si sabemos ordeñar vacas. Volvieron a la camioneta y siguieron el camino de tierra que salía del pueblo. El paisaje comenzó a abrirse aún más. Campos enormes. Cercas de madera. Árboles altos moviéndose con el viento. Finalmente, después de varios minutos, apareció un gran portón de hierro con un letrero de madera. Silver Willow Ranch Samantha sintió un pequeño nudo en el estómago. Ese lugar…había pertenecido a su madre, a una mujer que nunca conoció. Britney se inclinó hacia adelante, emocionada. —Bueno… Samantha apagó el motor. —Bueno… Ambas miraron el camino que se extendía más allá del portón. —Supongo que este es el momento —dijo Britney. Samantha respiró hondo. Empujó el portón. La camioneta avanzó lentamente por el camino de tierra rodeado de árboles y campos abiertos. A lo lejos comenzaron a verse las construcciones del rancho. Una casa grande de madera, graneros, corrales. Y varios caballos moviéndose tranquilamente bajo el sol. Britney abrió los ojos con sorpresa. —Ok… esto es mucho más grande de lo que imaginaba. Samantha también lo estaba observando. Todo tenía una sensación extraña. Como si ese lugar… de alguna manera…la estuviera esperando. La camioneta se detuvo frente a la casa principal. La puerta se abrió antes de que pudieran bajar. Un matrimonio mayor salió al porche con expresiones curiosas pero amables. Britney susurró: —Debo decir algo elegante, ¿verdad? —Solo sé normal. Las dos bajaron de la camioneta. El hombre dio un paso adelante. —Buenas tardes. Tenía el rostro curtido por el sol y una sonrisa tranquila. —¿Podemos ayudarlas? Samantha dio un pequeño paso al frente. —Soy Samantha Whitmore. El hombre y la mujer intercambiaron una mirada rápida. —Ah —dijo él lentamente. Entonces… usted es la hija de Lydia. El nombre volvió a resonar. Samantha asintió. —Supongo que sí. El hombre extendió la mano. —Mi nombre es Tomás Hayes. Señaló a la mujer junto a él. —Y ella es mi esposa, Margaret. Britney saludó con una sonrisa. —Hola. Margaret miró a Samantha con una mezcla de curiosidad y emoción. —Lydia hablaba mucho de usted. Samantha se sorprendió. —¿En serio? Tomás asintió. —Mucho. Samantha estaba a punto de hacer otra pregunta… Cuando se escuchó un sonido de motor detrás de la casa. Una camioneta negra apareció levantando una pequeña nube de polvo. Se detuvo cerca del granero. La puerta se abrió. Un hombre bajó del vehículo, alto, con la camisa de trabajo arremangada y las botas llenas de polvo. Cabello oscuro ligeramente desordenado. Su mirada se desplazó hacia las dos desconocidas que estaban frente a la casa. Sus ojos se detuvieron en Samantha. La observó unos segundos. Sin sonrisa. Sin curiosidad. Solo una expresión fría y evaluadora. Tomás suspiró suavemente. —Ah… Britney susurró: —Por favor, dime que ese no es un asesino. Tomás señaló al hombre. —Ese es nuestro hijo. El hombre caminó lentamente hacia ellos. —Henry Hayes. Y aunque Samantha todavía no lo sabía… Ese hombre estaba a punto de convertirse en el mayor problema de su vida. Y tal vez…en el más importante.






