Mundo ficciónIniciar sesiónHenry Hayes caminaba con paso tranquilo, pero firme.
El polvo del camino crujía bajo sus botas mientras se acercaba a la casa principal. Sus ojos se posaron primero en la camioneta plateada estacionada frente al porche… demasiado nueva para ser de alguien del pueblo. Luego vio a las dos mujeres. Tacones. Ropa elegante. Cabello perfectamente arreglado. Definitivamente no eran de Redwood Creek. Su mirada se detuvo un segundo más en Samantha. Alta, postura segura, ojos azules intensos y una elegancia que parecía completamente fuera de lugar en medio de un rancho. Henry frunció ligeramente el ceño. Algo en aquella escena no le gustaba. Tomás carraspeó suavemente. —Henry. El joven levantó la mirada hacia su padre. —Llegaste temprano. —Terminé antes con las cercas del lado norte —respondió Henry. Luego volvió a mirar a las dos desconocidas. —¿Quiénes son? Britney miró a Samantha con una expresión que decía claramente: esto se va a poner interesante. Tomás señaló a Samantha. —Ella es Samantha Whitmore. Henry no reaccionó de inmediato. Pero cuando su padre añadió: —La hija de Lydia Bennett. El silencio volvió a caer sobre el lugar. Henry parpadeó una vez. Luego otra. Y finalmente sus ojos volvieron a Samantha. Esta vez con una expresión completamente distinta. Más fría. Más dura. —¿La hija de Lydia? —repitió. Samantha asintió ligeramente. —Eso parece. Henry cruzó los brazos. —No sabía que Lydia tenía una hija. —Yo tampoco —respondió Samantha. Margaret intervino rápidamente con una sonrisa amable. —Acaban de llegar hoy. Britney levantó la mano. —Desde Nueva York. Henry soltó una pequeña exhalación que sonó casi como una risa sin humor. —Claro. Su mirada volvió a Samantha. —Nueva York. El tono en que lo dijo no era precisamente amigable. Samantha levantó ligeramente la barbilla. —¿Hay algún problema con eso? Henry se encogió de hombros. —Depende. —¿De qué? —De cuánto tiempo planea quedarse. Britney abrió los ojos con sorpresa. —Bueno… eso fue directo. Tomás lanzó una mirada de advertencia a su hijo. —Henry. Pero él no parecía dispuesto a suavizar su actitud. —Solo pregunto. Samantha cruzó los brazos también. —No lo sé. —¿No lo sabe? —No. Henry asintió lentamente. —Entonces supongo que vino a ver la propiedad. —Algo así. —Y después venderla. La palabra cayó como una piedra. Samantha frunció el ceño. —No he decidido nada. Henry inclinó ligeramente la cabeza. —Pero probablemente lo hará. Britney intervino. —Oye… acabamos de llegar hace cinco minutos. Henry ni siquiera la miró. —Este rancho lleva décadas en pie. Sus ojos volvieron a Samantha. —La gente de ciudad suele venir, mirar alrededor, decir que es “encantador”… y luego venderlo al primer inversionista que quiere construir hoteles o complejos turísticos. Samantha sintió que algo dentro de ella se encendía. —No soy “la gente de ciudad”. Henry levantó una ceja. —¿No? Britney miró los tacones de Samantha. Luego miró las botas de Henry. —Bueno… técnicamente sí lo es. Samantha la fulminó con la mirada. —Gracias, Britney. Britney levantó las manos. —Solo digo que los tacones no ayudan a tu argumento. Henry finalmente sonrió. Pero no era una sonrisa cálida. Era más bien divertida. —Exacto. Samantha apretó los labios. —No vine a vender nada. —Entonces, ¿a qué vino? La pregunta quedó flotando en el aire. Samantha dudó un segundo antes de responder. —A entender por qué mi madre me dejó en adopción. La expresión de Henry cambió apenas. No fue algo grande. Pero Samantha lo notó. —Y a saber por qué me dejó este lugar —añadió. Henry bajó la mirada hacia el suelo unos segundos. Luego volvió a levantarla. —Lydia no hacía nada sin una razón. Margaret asintió suavemente. —Eso es cierto. Samantha dio un paso adelante. —Entonces quizá ustedes puedan ayudarme a entenderla. Tomás intercambió una mirada con su esposa. —Haremos lo que podamos. Henry no dijo nada. Simplemente se dio la vuelta. —Tengo trabajo que hacer. Britney lo vio alejarse. —Wow. Samantha también lo observó. El hombre caminaba hacia el granero sin mirar atrás. —Es… encantador —dijo Britney con sarcasmo. Tomás suspiró. —Henry puede ser un poco… directo. Margaret añadió con una sonrisa suave: —Pero tiene buen corazón. Britney levantó una ceja. —Ese corazón está muy bien escondido. Samantha seguía mirando hacia el granero. —Creo que no le caigo bien. Tomás soltó una pequeña risa. —Henry desconfía de la gente que no conoce. Britney murmuró: —Creo que también desconfía de la gente que sí conoce. Margaret dio unas palmadas suaves. —Bueno, ya habrá tiempo para todo eso. Primero deben ver la casa. Samantha volvió a mirar el rancho. El lugar era enorme. Campos interminables. Caballos moviéndose tranquilamente. Graneros antiguos llenos de historia. Y en algún punto entre todo eso… las respuestas que estaba buscando. Aunque algo le decía que encontrarlas no sería tan fácil. Especialmente si ese hombre llamado Henry Hayes decidía seguir mirándola como si fuera una invasora. Britney se inclinó hacia ella y susurró: —Debo admitir algo. —¿Qué? —Es el tipo más guapo que he visto en semanas. Samantha rodó los ojos. —Es el tipo más arrogante que he visto en años. Britney sonrió. —Eso también. Samantha volvió a mirar hacia el granero. Henry ya no estaba ahí. Pero tenía la sensación de que aquel primer encuentro… no sería el último. Ni de cerca.






