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En Manhattan, todo parecía brillar un poco más.
Las luces de los rascacielos, el ruido constante del tráfico, las conversaciones elegantes en restaurantes caros y el sonido de los tacones sobre las aceras formaban parte de una rutina que, para muchos, era un sueño… pero para Samantha Whitmore, simplemente era su vida. A sus veinticinco años, Samantha había crecido rodeada de privilegios. Su cabello largo y ondulado, negro como la tinta, caía con naturalidad sobre sus hombros mientras caminaba por el amplio vestíbulo del edificio donde vivía. Sus ojos azules profundos contrastaban con su piel clara, y su presencia siempre lograba atraer miradas, incluso cuando ella no lo intentaba. Pero Samantha estaba acostumbrada a eso. Había nacido y crecido en una de las familias más influyentes de Nueva York. Sus padres, Víctor y Amelia Whitmore, eran empresarios reconocidos que habían construido un imperio en el mundo de las inversiones y los bienes raíces. Su apellido aparecía en revistas de negocios, en eventos de gala y, ocasionalmente, en las páginas sociales de los periódicos. Para Samantha, aquello nunca fue extraño. Los mejores colegios, las vacaciones en Europa, las fiestas elegantes y la ropa de diseñador siempre habían formado parte de su vida. Nada le había faltado jamás. —Llegas tarde —dijo una voz divertida desde una mesa cercana. Samantha levantó la mirada y sonrió al ver a sus dos mejores amigas. Britney Walker agitaba la mano con entusiasmo desde su asiento en la terraza del café, mientras Hanna Mitchell revisaba algo en su teléfono con la elegancia habitual que parecía acompañarla a todas partes. —Cinco minutos —respondió Samantha, dejando su bolso sobre la silla. Eso no cuenta como tarde. —En Nueva York cinco minutos pueden cambiar una vida —dijo Britney dramáticamente. —O hacer que pierdas una reservación en un restaurante imposible —añadió Hanna con una sonrisa ligera. Las tres rieron. Eran amigas desde la universidad y, aunque sus personalidades eran distintas, compartían algo importante: todas pertenecían al mismo círculo social de la ciudad. Britney era espontánea, divertida y tenía una facilidad natural para meterse en situaciones absurdas. Hanna, en cambio, era elegante, calculadora y siempre parecía tener todo bajo control. Samantha estaba en algún punto entre ambas. —¿Y Daniel? —preguntó Britney levantando una ceja. Samantha tomó un sorbo de su café antes de responder. —Llega en un momento. Como si hubiera estado esperando su nombre, una figura alta apareció caminando hacia ellas por la calle. Daniel Carter. Atractivo, seguro de sí mismo y con esa sonrisa que parecía diseñada para convencer a cualquiera. Su cabello rubio, ligeramente despeinado, y su estilo relajado hacían que más de una persona volteara para verlo al pasar. Cuando llegó a la mesa, besó a Samantha en la mejilla con naturalidad. —Perdón, el tráfico estaba imposible. —Siempre lo está —dijo Britney. Daniel tomó asiento junto a Samantha y apoyó un brazo con confianza sobre el respaldo de su silla. —Estaba pensando en algo —dijo mirándola. Deberíamos hacer un viaje pronto. —¿A dónde? — preguntó con confianza Samantha. —Europa otra vez… o quizá algo diferente. Britney levantó una ceja con interés. —¿Diferente cómo? Daniel se encogió de hombros. —Algo menos… típico. Samantha sonrió, aunque en su interior algo no terminaba de quedar del todo claro. Daniel era atento, divertido, atractivo y exitoso. Todo el mundo decía que eran una pareja perfecta. Sus padres lo adoraban; sus amigos también. Incluso las revistas sociales habían empezado a mencionarlos juntos. Sin embargo, había momentos —como ese— en los que Samantha sentía una pequeña duda que no sabía cómo explicar. No era algo grande. Solo una sensación. Como si algo no terminara de encajar del todo. —Podemos pensarlo —respondió finalmente. La conversación continuó entre risas, planes de eventos sociales y comentarios sobre las últimas fiestas de la ciudad. Desde afuera, cualquiera habría pensado que Samantha Whitmore tenía la vida perfecta. Y quizá era verdad. Un departamento increíble en Manhattan. Amigas leales. Un novio encantador. Padres orgullosos. Un futuro brillante. Todo estaba exactamente donde debía estar. O al menos eso parecía. Porque esa misma noche, mientras Samantha regresaba al elegante apartamento de sus padres para una cena familiar, un hombre desconocido esperaba sentado en la sala junto a ellos. Un hombre con un maletín de cuero oscuro. Y un documento que cambiaría su vida para siempre. —Samantha —dijo su padre con una expresión extrañamente seria cuando ella entró—, hay algo de lo que necesitamos hablar contigo. El hombre se puso de pie con formalidad. —Buenas noches, señorita Whitmore. Mi nombre es Richard Collins… soy abogado. Samantha frunció ligeramente el ceño. —¿Abogado de qué? El hombre abrió lentamente su maletín. —He venido a leer un testamento. Samantha miró a sus padres confundida. —¿El testamento de quién? El abogado la observó unos segundos antes de responder. —De una mujer llamada Lydia Bennett. El nombre no significó nada para Samantha. Todavía no. Pero en cuestión de minutos, su mundo perfecto estaba a punto de romperse.






