En Manhattan, todo parecía brillar un poco más. Las luces de los rascacielos, el ruido constante del tráfico, las conversaciones elegantes en restaurantes caros y el sonido de los tacones sobre las aceras formaban parte de una rutina que, para muchos, era un sueño… pero para Samantha Whitmore, simplemente era su vida. A sus veinticinco años, Samantha había crecido rodeada de privilegios. Su cabello largo y ondulado, negro como la tinta, caía con naturalidad sobre sus hombros mientras caminaba por el amplio vestíbulo del edificio donde vivía. Sus ojos azules profundos contrastaban con su piel clara, y su presencia siempre lograba atraer miradas, incluso cuando ella no lo intentaba. Pero Samantha estaba acostumbrada a eso. Había nacido y crecido en una de las familias más influyentes de Nueva York. Sus padres, Víctor y Amelia Whitmore, eran empresarios reconocidos que habían construido un imperio en el mundo de las inversiones y los bienes raíces. Su apellido aparecía en r
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