El amanecer no llegó.
El cielo permaneció cubierto por una bóveda de ceniza suspendida, como si el tiempo mismo hubiera decidido contener la respiración. No era noche ni día, sino una penumbra expectante que se extendía desde el Valle hasta las fronteras más lejanas de Lirien y Skarn. La luz existía, pero estaba herida. Y con ella, el mundo.
Ainge despertó con el nombre de Kael en los labios.
No recordaba haber dormido. Recordaba el temblor, la grieta, la voz que no tenía forma. Recordaba el ca