La retirada no trajo silencio.
El Valle, aun cuando los estandartes se alejaban y las armaduras dejaban de chocar unas con otras, seguía respirando como una bestia herida. Bajo la tierra, algo se movía con una paciencia inquietante, como si cada paso que daban los hombres y los elfos fuese anotado, registrado, recordado.
Ainge avanzó junto a Kael por el sendero estrecho que se abría hacia el norte, lejos del centro del Valle. El aire era espeso, cargado de un polvo fino que se adhería a la piel