El primer sonido que siguió al estallido no fue un grito ni un trueno, sino un silencio absoluto, tan profundo que parecía haber arrancado el aliento del mundo. Durante un latido interminable, el Valle del Corazón quedó suspendido en una quietud antinatural, como si la realidad misma dudara de continuar existiendo.
Ainge fue la primera en sentir el regreso del peso.
El aire volvió a presionar sus pulmones con violencia, obligándola a aspirar con un jadeo brusco. El suelo bajo sus rodillas estab