El susurro no fue un sonido.
Fue una presión.
Una vibración profunda que no atravesó el aire, sino los huesos, la sangre, los recuerdos. El nombre de Kael no resonó como una llamada, sino como un reconocimiento antiguo, algo que había esperado siglos para ser pronunciado en voz alta.
Kael sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies durante un latido eterno. No cayó, pero tampoco permaneció en pie. Era como si el mundo entero hubiese decidido inclinarse hacia él, observarlo con una atención in