75. El apellido completo
Amaneció con ruido de obra, ese golpeteo constante que parece marcar el pulso de una ciudad que no duerme, aun cuando debería. Los albañiles empezaron a subir por las escaleras cargando baldes y herramientas, y nos miraron de esa manera particular con la que se mira a quienes no deberían estar ahí, pero encajan igual. No dijeron nada. Simplemente aceptaron que la torre en construcción tenía huéspedes ajenos por una noche más.
El aire olía a cemento húmedo, a cables pelados, a viento caliente de verano entrando por huecos donde algún día habría ventanas de vidrio templado. Yo todavía tenía la manta sobre los hombros cuando Vera apareció entre columnas de hormigón con ojeras nuevas —profundas, casi orgullosas— y una sonrisa tan filosa que parecía luz propia.
—Lo tengo —anunció, sin siquiera dejar la mochila en el suelo—. El nombre del apoderado y el apellido completo del hombre sin nombre.
Las palabras fueron un golpe seco. No por sorpresa, sino porque el cuerpo reconoce antes que la