21. Después del ruido
No dormi.
Dejé la luz del pasillo encendida hasta que el amanecer aclaró el borde de la puerta. La claridad se filtraba en líneas finas, como cuchillos de calma.
Mi pequeño lobito se acurrucó en mis pantorrillas, centinela en miniatura, respirando acompasado, como si su cuerpo supiera más que el mío cómo sobrevivir al miedo.
Cuando por fin me animé a mirar la cerradura, noté el metal brillante, marcado. Alguien había probado una llave. No la mía.
Me quedé observando esas pequeñas raspaduras,