Sole y Erik llegaban de su luna de miel, la pobre pelirroja se pasó todo el vuelo vomitando y maldiciendo, no se encontró en lo mejor de sus días. Erik trataba de animarla y con toda esa paciencia que él posee no la dejaba deprimirse, no le quitaba la vista de encima ni un segundo, ni tampoco las manos. La tenía envuelta de la cintura con su brazo, pegada a su cuerpo y sonreía por todas las ocurrencias negativas que ella lanzaba sobre los vómitos que le proporcionaba el embarazo.
—Sole, cariño, cálmate. No pasarás nueve meses vomitando.
—Y ¿cómo lo sabes? Me la pase todo el viaje dentro de ese maldito baño dos por dos, tengo el estómago vacío y hambre de nuevo… —lloriquea—. Voy a terminar hecha una vaca —Erik, sin poder evitarlo, se carcajea y gracias a eso recibe un codazo en su estómago.
—Lo siento —esboza sonriendo—. No te preocupes, que nada de eso te va a pasar —La gira y la pone enfrente de él—. ¿Puedes confiar en mí? —pregunta en voz baja y dulce.
—Sí —responde al mismo tiempo