—Sí —gruñe Gaby.
—Lo tenemos —le anuncia López al otro lado de la línea, haciendo que el sueño del morocho queda en el olvido.
—Voy para allá —cuelga la llamada y de un salto sale de la cama.
Corre a la ducha, a los quince minutos sale con una toalla azul alrededor de sus caderas y otra secando el cabello. Busca su ropa, una camiseta gris oscuro de cuello redondo, unos jeans negros rasgados, sus botas montañesas y su chaqueta de cuero. Una vez vestido, toma las llaves de su Thao, la billete