—Oh, por Dios, cuando mi padre me dijo que venias, no le creí y mírate, estás aquí —la abraza con demasiada fuerza.
—Natasha —articula cuando la deja libre—. Espero que me hayas guardado la mesa, a pesar de no creerle a tu padre, ¿no?
—No le creí, pero tenía la esperanza —asiente conforme le guiña un ojo.
—Gracias. Natasha, quiero presentarte a unas personas —Sofi se hace a un lado para dejarle a la vista a los dos hombres que la escoltaban—. Ellos son Ian y Mateo; chicos ella es Natasha, era m