.21.
No podía aceptar el cálido amor que Alejandro le ofrecía. No lo merecía. Alejandro no merecía amar a alguien tan sucia y deshonesta como ella.
—¿Olivia?—Alejandro se preocupó al verla en ese estado tan alterado.
—Perdóname... Alejandro. Por favor... no me odies...—El llanto desgarrador la cegaba.—No puedo aceptar.
Dejó a Alejandro arrodillado y desconcertado, mientras salía corriendo sin ningún rumbo fijo. Lo único seguro para la omega era su lobo, que aullaba de dolor.
Alejandro seguía arrodil