Termino de abrocharme el pantalón negro y me giro hacia el espejo del vestidor. El agua fría de la ducha me despejó la mente, pero la tensión acumulada de la frontera norte y los movimientos de Archer siguen pesándome en los hombros. Tomo la camisa oscura que dejé sobre la cómoda y me la paso por los brazos, dejándola abierta.
El sonido de unos pasos suaves y descalzos interrumpe el silencio de mi habitación. No necesito girarme para saber quién es; el olor a vainilla y a piel limpia de Emma sa