—Sí —responde la voz en mi mente, mientras el lobo inclina sutilmente la cabeza, sin quitarme la vista de encima—. Me llamo... Llamas.
Escuchar el nombre de la bestia resonar en mi conciencia es el golpe definitivo. El impacto de la realidad, la confirmación de que el hombre que me posee es un monstruo que puede meterse en mis pensamientos, satura el resto de mis fuerzas.
Las piernas se me cortan por completo. La pendiente, los árboles y la luz de la luna blanca se funden en un remolino borroso