Succiona con fuerza, arrastrando sus dientes alrededor de la areola, haciéndome jadear y arquear el lomo. El dolor sutil y el placer salvaje se mezclan en mi cabeza, nublándome el juicio.
—Thomas… por favor —gimo, enterrando mis uñas en sus hombros anchos—. Ya… no aguanto más.
Él se separa de mi pecho, dejando mi piel brillante por su saliva. Se acomoda entre mis piernas, y es ahí cuando siento la verdadera magnitud de lo que estoy a punto de recibir. Su polla, erecta y descomunal, se presiona