El calor del orgasmo se disipa despacio, dejando solo el rastro espeso del sexo y el sudor enfriándose sobre nuestras pieles. Emma se ha quedado profundamente dormida bajo mi peso, completamente agotada, con las pestañas húmedas y la respiración débil. Me deslizo hacia un lado con cuidado para no despertarla, acomodando su cuerpo lánguido sobre las sábanas oscuras.
Me quedo acostado boca arriba, mirando el techo en penumbra, escuchando el sonido de su respiración pausada. La entrega total de su