Thomas se desliza hacia abajo, pero la presión de sus manos en mis muslos se vuelve un recordatorio imponente de que ya no hay escapatoria. Mi respiración es un desastre, un concierto de bocanadas cortas que se clavan en mi pecho mientras el frío de la habitación contrasta de manera violenta con el calor abrasador que emana de su cuerpo. Estoy desnuda, expuesta sobre sus sábanas oscuras, atrapada en la penumbra de su habitación.
Cuando su aliento cálido golpea la piel interna de mis muslos, un