Emma detiene la mano justo sobre mi corazón, que late con fuerza contenida. Alza un poco la cabeza en la penumbra para buscar mi mirada.
—Que me embaraces, Thomas. ¿Para qué esperar y retrasar lo inevitable?
Mis músculos se tensan como cuerdas de acero bajo su palma. El calor de sus dedos se clava en mi piel, enviando una descarga directa hacia mi vientre que me acelera el pulso en un segundo. La sangre me ruge en los oídos, espesa, caliente, acumulándose con fuerza entre mis piernas. Mi respir