Entro a mi habitación a zancadas, quitándome la ropa limpia con movimientos bruscos y mecánicos. Me pongo los pantalones de pijama oscuros, pero me quedo descalzo, caminando en círculos sobre la alfombra. El silencio de la casa me pesa en los hombros.
Tengo demasiadas cosas en la cabeza y la fijeza con la que Emma me sostuvo la mirada hace unos minutos no me deja en paz.
¿Estamos haciendo bien las cosas? —pienso, deteniéndome frente al ventanal que da al bosque—. Querer preñarla ahora mismo, co