No la dejo terminar.
Freno en seco, estiro el brazo con la velocidad del Alfa y la tomo del cuello, levantándola del suelo. El impacto de su cuerpo contra el tronco de un enorme pino hace crujir la madera. Las hojas secas caen a nuestro alrededor.
—¡Te vas a cuidar de esa maldita boca, Freya! —le rujo en un siseo sordo, apretando los dedos alrededor de su garganta, asfixiando su insolencia—. Soy tu Alfa. No me cuestionas, no me juzgas y no hablas de lo que te da la gana en mi presencia. Te dejo