El primer rayo de sol se filtró entre los ventanales de la habitación.
Emma dormía a mi lado, profundamente acurrucada contra mi costado. Tenía el rostro relajado, la respiración pausada y una mano descansando sobre la pequeña curva de su vientre, donde nuestro hijo crecía ajeno al desastre de la mañana anterior. Me quedé inmóvil durante minutos, observándola en silencio, fijándome en la leve hinchazón de sus párpados por tanto llorar y en el vendaje de su tobillo que sobresalía de las cobijas.