—Perdóname por no habértelo explicado antes de actuar —murmuró contra mi piel, con la voz rota—. Perdóname por haberte hecho sentir que te traicionaba. Pero jamás dudes de lo que siento por ti. Jamás.
Me quedé allí, envuelta en su abrazo, sintiendo los latidos desbocados de su corazón chocando contra mi mejilla. La rabia comenzaba a disiparse, dejando solo el poso amargo del susto y la certeza de que, aunque el mundo de los lobos fuera salvaje y difícil de comprender para una humana, el hombre