—Son mis hombres de seguridad personal, Thomas. Con la cantera destruida y el territorio convulso, comprenderás que no voy a andar desprotegida —respondió, adoptando un tono suave, casi compasivo—. Pero no vine a pelear. Vine a ofrecerte una salida inteligente. Mi padre es un hombre de la vieja escuela, terco, pero yo entiendo cómo funciona el mundo moderno. No tenemos por qué matarnos. Seamos socios.
Una ceja se me elevó con incredulidad.
—¿Socios? —repetí, soltando una risa corta, desprovista