Bajé las escaleras a tropezones, descalza, con la vista completamente nublada por las lágrimas que no dejaban de caer. El dolor en el pecho era tan agudo que me costaba respirar, pero el ardor en la planta del pie me hizo dar un mal paso en el último tramo. Apoyé mal el tobillo y solté un gemido de dolor, sintiendo una punzada caliente que me subió por la pierna. No me detuve. Cojeando, atravesé el pasillo y me lancé hacia la puerta trasera, huyendo de la mansión, de esa habitación y del recuer