El vapor del café subía lento, colándose en mis fosas nasales mientras el líquido oscuro caía en la taza. El silencio de la cocina a esta hora de la mañana era un lujo raro, pero bienvenido.
Me apoyé contra el mesón de madera, cruzándome de brazos con la taza humeante entre las manos. Llevaba puestos solo los pantalones oscuros, descalzo, sintiendo el suelo frío bajo la planta de los pies. El cuerpo me pedía descanso, pero la mente no se detenía. Tres días. Faltaban exactamente tres días para q