Capítulo 31. El amargo sabor de la verdad.
El eco de los gemidos y las respiraciones agitadas todavía flotaba en la habitación a media luz.
El sudor de ambos se enfriaba lentamente sobre las sábanas revueltas, pero la calma no duró mucho.
De pronto, Amanda se tensó de pies a cabeza, soltó un suspiro pesado y se dio la vuelta, dándole la espalda a su amante y abrazándose a sí misma.
Víctor, acostado a su lado, sintió el cambio de energía de inmediato.
Esa barrera invisible que ella acababa de levantar lo desconcertó. Tragó grueso, ajustó