ALESSANDRO
—¿Podrías parar un momento? —gritó Leticia cuando nuestros pies tocaron la arena tibia de la playa.
—¿Y ahora qué? —la solté.
—¿Cómo piensas sacarnos de este lío de la boda? —preguntó tensamente.
Coloqué los brazos en jarra, eché atrás la cabeza y reí repentinamente.
—No voy a hacer nada para detener nuestro matrimonio, cara…
—Pero… —Leticia parecía que no podía creer lo que estaba oyendo.
—Sabes que el único modo de parar con los deseos de mi padre es diciéndole la verdad y eso no s