LETICIA
Atenas, Grecia…
Días después…
Se me estremeció el cuerpo a pesar del calor. El entierro de Kostas se acababa de llevar a cabo, en el mismo sitio donde descansaban los restos de sus padres. El funeral fue exclusivamente familiar, pero la prensa se hallaba justo a la salida del cementerio, como una manada de lobos hambrientos contenidos tan sólo por la fuerte presencia de escoltas y seguridad local.
—Es hora de irnos… —me susurró Adara, quien se apoyó en mí para levantarse—. No sabía que